lunes, 2 de marzo de 2009

HACIA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA SOCIEDAD:

HACIA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA SOCIEDAD:
ECO DEL PASADO, VOZ DEL FUTURO

Evidentemente nos encontramos ante una situación crítica, en la que el desarrollo sostenible debe convertirse en el pilar de la transición de la modernidad hacia una postmodernidad, lo que implica cambios radicales en las formas de pensamiento, más comprometidas hacia la reestructuración de los modos de producción y de consumo.
Sabemos que las sociedades actuales “compiten” diariamente por el poder económico, que emerge también desde la perspectiva globalizante, que garantiza una excelente posición y crecimiento de diversos órdenes, a nivel mundial. Por ello, es indispensable reconocer la función que cumple el medio ambiente y los recursos naturales, como base de sustentación material, ecosistémica, ambiental y energética de dichos procesos; y por ende a través de la innovación tecnológica, beneficiar y fortalecer el equilibrio ambiental de la tan conocida “huella ecológica”.
Al final de esta década, es claro que los problemas de pobreza, violencia, desigualdad y malos manejos políticos han menguado dramáticamente los recursos ambientales. Concretamente, en el ámbito nacional, es urgente superar la degradación de la calidad del agua, del suelo y del aire, especialmente en las zonas urbanas, que por el desplazamiento forzado, albergan a más de tres cuartas partes de la población de la región, y detener los procesos de desertificación y pérdidas de biodiversidad y de suelo para efectivizar no sólo los recursos actuales, sino para garantizar parte de estos, a las generaciones venideras.
Los nuevos desafíos ambientales globales, tales como el efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono y la pérdida de la capa ambiental en áreas costeras y océanos, la desertificación y las crecientes tasas de extinción de especies de fauna y flora, entre otros, son una muestra de la insostenibilidad del estilo actual de desarrollo, que ponen en tela de juicio la escala axiológica entre los seres humanos y la naturaleza, los patrones culturales y la regularización de políticas estatales firmes y comprometidas. Por supuesto, esta gestión ambiental demanda políticas públicas postmodernas, acompañadas de instrumentos innovadores e interdisciplinarios como un reto sociopolítico del gobierno, para la reactivación y reestructuración ambiental.
Colombia posee condiciones ecológicas, económicas y sociales que le proveen de innumerables ventajas para ser más competitivo en el contexto de la globalización, y su enorme diversidad natural y cultural, junto con un enfoque innovador, puede crear conciencia política e institucional, que a su vez abra paso a la acción pragmática. No es una utopía creer que se pueda dar equidad entre el crecimiento económico y las metas de sostenibilidad, dentro de los esquemas de producción y consumo.
Todo lo contrario, ejemplos como la Conferencia de Río, han incorporado al debate del desarrollo sostenible, nuevos actores no-estatales, de la comunidad científica, el sector privado y la sociedad civil organizada, a la luz de grandes propuestas. No cabe duda que en la última década, las cuestiones ambientales, que fundamentan la calidad de vida, están adquiriendo mayor relevancia en la agenda política y ciudadana. Lo que pasa es que para que se dé una verdadera reestructuración, se requiere mayor inversión en servicios, tecnologías y sistemas de gestión ambiental; así como también cambios en las prácticas productivas y regímenes ambientales acordes y competentes con las exigencias de los mercados internacionales.
Tampoco se puede menospreciar el papel que ha ejercido el Poder Ejecutivo con la creación de un mayor número de ministerios del ambiente o entidades equivalentes, lo cual muestra que los gobiernos han asumido que los problemas ambientales deben ser encarados por el Estado. Sin embargo, los principios de protección ambiental y de desarrollo sostenible, siguen siendo visualizados por estos sectores, como una restricción al desarrollo y sumado a esto, se escudan en que la mayor parte de las decisiones le corresponden a las autoridades económicas, quienes no pueden abordar las implicaciones ambientales explícitamente.
Las políticas públicas se han centrado en las instancias del poder Ejecutivo y poco se ha avanzado en el papel del poder Legislativo y el poder Judicial. En la mayoría de los países se han creado comisiones especializadas para avanzar en el debate legislativo sobre temas ambientales. Hace falta fortalecer las capacidades del poder legislativo para responder a las demandas ciudadanas y para brindar mayor sustento legal a las políticas ambientales y a los compromisos internacionales adquiridos por el Poder Ejecutivo.
En conclusión, la cultura y conciencia ambiental con profundas bases ciudadanas, desde la formación en las aulas académicas, en los hogares, en el Estado-Nación, etc, enriquece las perspectivas democráticas, planteando no sólo nuevos derechos humanos vinculados con el desarrollo sostenible, sino un proyecto de democracia social que promulgue el clamor de la sociedad, en torno a un proyecto político plural, que comprenda el futuro ambiental, como una realidad latente y como factor indispensable de supervivencia y bienestar.
El gran desafío en nuestro país sigue siendo que la sociedad y los gobiernos logren valorar e interpretar profundamente la transformación estructural que conlleva el desarrollo sostenible. Esta transición requiere la construcción de una visión común a mediano plazo, con un marco de políticas públicas que logren movilizar a todos los actores sociales y económicos hacia el logro de los objetivos en sus dimensiones económicas, ecológicas, de gobernabilidad y de integración.

NUESTRA IDENTIDAD: UNA CUESTIÓN AMBIENTAL

NUESTRA IDENTIDAD: UNA CUESTIÓN AMBIENTAL

Frente al proceso de globalización, en los últimos diez años se han venido afianzando los principios de una “cultura ecológica”, que movilizan procesos sociales y culturales hacia el desarrollo sostenible, arraigado en un sistema de valores, ideologías, y significados.

El medio ambiente, los recursos, y las “sociedades tradicionales” deben estar reafirmadas cada vez más, como prácticas productivas de las sociedades, que nuevamente se adhieran a creencias religiosas y a significados sociales asignados a la naturaleza, o incluso a nuevas estrategias que permitan reivindicar el papel indispensable que cumple el ecosistema y sus patrones de producción y consumo de recursos.

La sobreexplotación, la minería, la caza y la pesca, están exigiendo por fin que se les dé un tratamiento equilibrado y justo, que no ponga más en riesgo la vida de cuantos participamos de su dadivosidad. Se requieren políticas firmes, basadas en el compromiso sincero de identificar de nuevo las naciones con una tradición férrea, basada en el respeto, hacia las generaciones actuales y venideras e incluso de respeto, hacia tanta benevolencia económica que el mismo ecosistema permite.

Estas estrategias culturales para el manejo sostenible deben basarse en la racionalidad cultural de todos los entes integrantes de la sociedad, de los diferentes grupos étnicos, pueblos y comunidades, grupos económicos, políticos, sociales, etc y sus sistemas de creencias, saberes y prácticas que forman sus propios niveles de percepción y uso de los recursos.

Desde perspectivas alternativas del desarrollo sostenible en América y Europa, se ha intentado darle un viro al gran potencial ecológico de los territorios, en sus formas de organización productiva, el uso de la tierra, el control de la tecnología y la adecuación de maneras lógicas de tratar la naturaleza. Sin embargo, estos proyectos no han alcanzado un nivel óptimo de eficiencia, puesto que en algunos momentos, los niveles de competitividad, han permitido que estas políticas flaqueen, no sean lo suficientemente estrictas y no tengan la difusión necesaria, para ser continuadas de manera constante.

Los espacios de algunos países subdesarrollados siguen siendo hoy escenarios de supervivencia, que dependen del desarrollo de trabajos agrícolas y por ello, el trabajo de la Nación, como ente regulador, se debe centrar en el incremento de la fertilidad de la tierra, técnicas para la conservación de agua y la prevención de erosión, así como de variadas innovaciones y estrategias agro ecológicas, que se solidaricen realmente con los sectores que desean trabajar honestamente, dándoles mayores oportunidades para su desarrollo y no se centren únicamente en la erradicación de aquellas poblaciones que no comprenden el sentido del progreso.

Hoy en día, los pueblos indígenas en Latinoamérica deben ser parte integral del patrimonio de los recursos naturales, pues han sido ellos, los que han mantenido una verdadera conciencia y han guiado la evolución de la naturaleza y la cultura a través del tiempo, pero desafortunadamente, la violencia se ha empeñado en aminorar su poder, de dañar su población, de vulnerar su ideología, de acabar con saña sus territorios y de asesinar sin piedad a sus habitantes.

Los saberes indígenas y sus derechos de apropiación de la naturaleza se han abierto camino lentamente dentro de la agenda del desarrollo sustentable. En este sentido, el Principio 22 de la Declaración de Río señala que: “Los pueblos indígenas y sus comunidades, así como otras comunidades locales, desempeñan un papel fundamental en la ordenación del medio ambiente y en el desarrollo debido a sus conocimientos y prácticas tradicionales.

Asimismo, en la Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, la participación indígena tuvo lugar en foros específicos pero también en los de tipo general, en donde quedó claro que es a través de sus patrimonios culturales, y en particular de sus saberes, que pueden y deben participar ampliamente en tanto que pueblos en el establecimiento de estrategias, programas y proyectos para el desarrollo sostenible.

Por eso es que en este momento debemos unirnos a estos pueblos y hacer propios, temas tan importantes como los de la biodiversidad, la conservación de los bosques y selvas, la reducción de los índices de deforestación y de desertificación. La sociedad y las organizaciones deben participar activamente en la realización de estrategias de conservación de estos recursos y no esperar que nadie más lo haga por nosotros.

Es hora de hacer válidos los compromisos bilaterales o multilaterales para lograr el cuidado, la investigación y la experimentación de nuevos modelos para la conservación de los recursos bióticos en las áreas establecidas nacional e internacionalmente. Y es en este punto, donde realmente la planeación local y la elaboración de decretos, la administración, zonificación y elaboración del plan de manejo de las áreas naturales protegidas se debe hacer respetar por encima de todo.

Por fin se debe reconstruir un nuevo saber, dado por los procesos de hibridación de culturas y por la globalización, basado en la sostenibilidad de la tecnología post-moderna. La sostenibilidad es una cuestión que se debe sentir en cada ser humano, como una consiente que nos reafirma y actualiza en el papel que realmente tenemos que desempeñar en esta sociedad.

Las ideas para la sostenibilidad deben ser reinventadas a diario, por todos nosotros. La naturaleza y la cultura necesariamente deben vivir en constante relación, como el clamor social, que reivindica nuestra identidad y legitima reglas más plurales y democráticas de convivencia social.